miércoles, 6 de julio de 2016

LA CASA DE BALANZÁTEGUI EN LEÓN


En la fachada del Palacio de Torreblanca situado en la plaza de San Marcelo de León, donde tuvo su residencia familiar  D. Pedro Balanzátegui (1816-1869) podemos apreciar la placa que recuerda al que fue, por dos veces, alcalde de León (de 1857 al 1859 y de 1867 a 1868) y dirigente del carlismo leonés a partir de 1868, fusilado el 6 de agosto de 1869 en Alcobero (Palencia) tras liderar el fracasado alzamiento carlista de ese verano.


Los requetés leoneses quisieron recordar su figura y ejemplo con esta placa en 1963


lunes, 13 de junio de 2016

LOS FUERTES DE CABRERA EN BECEITE



En el pueblo turolense de Beceite, situado en la comarca del Matarraña, en el límite con Cataluña y el Reino de Valencia, y en un precioso entorno natural como es la ruta del Parrissal, podemos encontrarnos con los restos de lo que fue uno de los lugares emblemáticos de la I Guerra Carlista en la zona: los fuertes de Cabrera.
Beceite fue durante un tiempo una de las bases principales del carlismo de Aragón y Valencia, al caer en manos carlistas en agosto de 1835 tras la acción dirigida por Josep Miralles, “el Serrador”. En la primavera de 1836 Cabrera decidió la fortificación de diferentes enclaves y, entre ellos, se construyeron los fuertes de Beceite. Se utilizaron entre 150 y 200 trabajadores durante unos 6 meses.
La inmejorable situación natural hacía de estos fuertes un destacado enclave estratégico. El control de este enclave permitía el dominio de los principales  caminos  y rutas que iban hacia Tortosa y el Mediterráneo o provenían de él.
Pero el ataque de las fuerzas liberales, en ausencia de Cabrera que se encontraba acompañando al General Gómez  en su expedición, obligó a los carlistas, comandados por el Coronel José Mª Arévalo, escasos de munición, víveres y de moral tras haber perdido Cantavieja, a decidir el incendio de los fuertes para evitar que cayeran en manos enemigas. Así se hizo y Beceite fue ocupado por los liberales el 1 de enero de 1837.

Actualmente, tras dejar a la derecha el camino del Parrissal y ascender por un camino escarpado se puede llegar a un primer fortín de planta circular, rodeado de restos de muralla y con aspilleras para su defensa. Siguiendo la ruta hacia arriba, a unos 10 minutos, se divisan los restos del fortín superior.
Superando unos 120 metros de desnivel vertical, se llega al fuerte principal situado en lo alto del cerro sobre el barranco del Matarraña, a unos 877 metros de altitud. Desde allí se divisan los Puertos de Beceite, así como la mayoría de las poblaciones del entorno. 






Bibliografía:
Caridad Salvador, Antonio, El Ejército y las Partidas Carlistas en Valencia y  Aragón (1833-40). Publicacions Universitat de València,Valencia, 2013.

Urcelay Alonso, Javier, El Maestrazgo Carlista, una visita a los escenarios de las Guerras Carlistas del siglo XIX, Antinea, Vinaròs, 2002.

viernes, 6 de mayo de 2016

MONTEJURRA 76. LA VERDAD NO TEME NI OFENDE

 REINO DE VALENCIA.-

NO PODEMOS MIRAR HACIA OTRO LADO
En vísperas de una serie de actos anunciados por el llamado Partido Carlista, ante el cuarenta aniversario de aquella desafortunada jornada, “Reino de Valencia”, publicación de adscripción política bien patente, no puede guardar silencio, por razones que conciernen al honor y a los intereses de la Causa.
El Carlismo, legítimo heredero del realismo de principios del XIX y de cuantas vivencias y reivindicaciones históricas habían conformado siempre la Legitimidad española, esto es la defensa de los principios del Derecho Público Cristiano que sintetizó en la divisa de Dios, Patria, Fueros y Rey; libró cuatro guerras para la salvaguarda de estos valores indeclinables, ofrendando en el altar de su Ideario, a lo largo de 106 años (1833 – 1939), una innumerable legión de héroes que, bien en los campos de batalla, o en el sacrificio de una lucha política entremezclada de represalias gubernamentales,  cárceles, confinamientos y destierros, entregaron vidas y haciendas.


VENCIDOS ENTRE LOS VENCEDORES
Concluida la última guerra civil, que sólo para el Carlismo, a nivel de grupo o movimiento político, pudo ser considerada una Cruzada, la Comunión Tradicionalista vivió dieciocho años de enfrentamiento político con el Régimen del general Franco, porque los aires neofascistas del Sistema, con una Falange que obtuvo amplias parcelas de Poder, no podían avenirse con los principios sustentados por el Carlismo que, exceptuando unas pocas bien que relevantes personalidades, mantuvo sus bases militantes junto a Don Javier de Borbón Parma (Regente hasta 1952, Rey a partir de dicha fecha) y su Jefe Delegado don Manuel J. Fal Conde.
Hoy, cuando vivimos días de claudicaciones y desmemoria histórica, solo nosotros conservamos, en nuestros corazones, el amor y la veneración por aquel Príncipe, único entre todos los de su tiempo, que alzó Bandera y arriesgó su vida en lucha irreconciliable con el Comunismo y el Nazismo; ordenando la movilización de las huestes carlistas el 18 de julio de 1936 y organizando un maquis blanco en la Francia ocupada por los nazis, en los días aciagos de la segunda Guerra Mundial. Legítimo heredero de san Luis IX, de san Fernando III y de Jaime I, él vino a representar, para cuanto quedaba en Europa de católico y legitimista, la esperanza de una restauración de la antigua Cristiandad; nada tiene, pues, de particular que gozara de la plena confianza de Pío XII, el último Pontífice que pudo compartir, sin reservas, los principios por los que acababan de sacrificar sus vidas tantos miles de requetés.

LA ETAPA DEL INTERVENCIONISMO
A partir de 1957, visto que el franquismo iba para largo y que el Carlismo empezaba a acusar un inevitable cansancio tras dos décadas de lucha tan desigual, abriéndose, por otra parte nuevos horizontes políticos tras la derrota de las potencias del Eje en 1945, los dirigentes de la Comunión idearon una nueva táctica de acercamiento al Régimen, tratando de capitalizar, de alguna forma, la decisiva aportación a la victoria de 1939, frente a la República y el Frente Popular, y dispuestos, también, a jugar la baza de la sucesión del general, aprovechando, para ello, las posibilidades que, al menos en teoría, ofrecía la normativa oficial vigente en aquel entonces.
Don Javier, tan gallardo y valiente a la hora de arrostrar toda clase de peligros como desasido de ambiciones personales, se dejó llevar por el criterio de sus consejeros; sus hijos don Carlos Hugo, doña María Teresa, doña Cecilia y doña María de las Nieves aceptaron ilusionados aquel cambio de tercio y, finalmente, un político tan habilidoso y perseverante como don José Mª Valiente Soriano venía a sustituir a don Manuel Fal Conde en la Jefatura Delegada. Don Manuel, leal, caballeroso y discreto como siempre se apartaba de sus funciones, con la satisfacción de aquella ardua labor perfectamente cumplida, a lo largo de tantos años (desde los días de don Alfonso Carlos), y a costa de los mayores sacrificios.
La Familia Real Carlista en los tiempos en que formaban un formidable equipo político.
Todavía somos muchos los carlistas que recordamos el afán proselitista con que don Carlos Hugo y sus hermanas menores se aplicaban a consolidar y hacer observar las nuevas orientaciones políticas; el primogénito pasó a ser “el Príncipe del 18 de julio” y doña María Teresa (erigida en ángel tutelar de su hermano, para bien y para mal) no dejaba de afirmar ante los más reticentes que debían aceptarlas, sin reservas mentales de clase alguna, porque aquella era la voluntad de su padre, el Rey, intentando poner a los más renuentes ante la disyuntiva de mantener su animadversión al Sistema (por los muchos agravios que el Carlismo llevaba recibidos del mismo) o desobedecer a don Javier.

A la postre aquella nueva política que fue popularmente tildada de “colaboracionista” acabó por imponerse y, a lo largo de doce años, si bien la Comunión no recibió nunca, por parte de Franco, agasajo alguno que pudiese originar una razonable esperanza de cara a la futura sucesión, pudo desarrollar, al menos, una actividad a plena luz del día que, aún sin representar una libertad plena, le permitió desplegar una amplia visualización de su presencia en la política española así como dar a conocer su historia, su ideario y sus planes de futuro. Fueron años de continuos desplazamientos del Príncipe y sus hermanas a lo largo y a lo ancho de la geografía española, de los “Montejurras” realmente multitudinarios de los sesenta, de los mítines que levantaban los mayores entusiasmos entre las militancias de base, de las doctas e intencionadas conferencias de don José Mª Valiente, Raimundo de Miguel, y otros miembros de la intelectualidad carlista en círculos y ateneos, los años en que Rafael Gambra , Álvaro d’Ors y Francisco Elías de Tejada actualizaban y daban a conocer, en obras de profundo calado académico, el pensamiento de Vázquez de Mella; los años, en fin, que algunos dieron en llamar “la primavera del Carlismo.”
Cuando había esperanza de suceder a Franco a título de Rey


Resulta innegable que todo ello reportó indudables logros, Franco lo consentía para poder afirmar que la Comunión Tradicionalista estaba con él y era una “familia” más de las que integraban el “Movimiento”; aunque nunca comprometiera una sola palabra de futuro. En el fondo éste era el pacto: una razonable libertad para el Carlismo a fin de que pudiera desarrollar una actividad política individualizada y separada de la del resto del Régimen, (lo cual rozaba la ilegalidad si no se hallaba claramente dentro de ella), a cambio de no atacar el Sistema ni condicionar realmente su futuro. En definitiva pan para hoy y hambre para mañana, aunque debemos reconocer que, de haber sido más hábiles nuestros dirigentes supremos (y nos referimos a los políticos), de aquel maná que llovió, pese a algunas intermitencias y disgustos, a lo largo de doce años, bien se pudo haber sacado algún provecho en el futuro. La desatentada actitud de don Carlos Hugo, sus hermanas menores y la de quienes, a partir de 1967, formaron su entorno político más inmediato vinieron a impedirlo, pero de ello hemos de ocuparnos en la segunda parte de este editorial.
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DE LA COLABORACIÓN A LA OPOSICIÓN: EL CAMBIO DE BANDO
Todo indicaba que, tras aquella primavera más o menos esperanzadora, vendrían los estragos de un tórrido verano y de un gélido invierno. Cuando en julio de 1969, tras haberse producido ya la expulsión de nuestra Familia Real en diciembre del año anterior, Franco, mediante una votación abierta, en su presencia, impuso a las Cortes la aprobación de la Ley que designaba a don Juan Carlos de Borbón como heredero a la Jefatura del Estado, a título de Rey, el panorama de la política española dio un vuelco de 180º y el Carlismo, que contra toda lógica no había hecho previsiones para aquel momento, entró en una fase de descontrol y desconcierto.
Don Carlos Hugo, que en realidad ya tenía asumida la dirección del Carlismo con anterioridad, contando con el apoyo incondicional de sus hermanas menores y de quienes entonces constituían su Secretaría política, inicia una línea ideológica y de actuación totalmente inesperada que, sustancialmente, consiste en una deriva hacia la extrema izquierda; los enemigos de ayer han de convertirse en los aliados de hoy y de una adscripción, mejor o peor matizada, a un amplio Frente de consenso “Nacional” se pretende pasar a un nuevo Frente Popular que el Príncipe carlista sueña con dirigir y utilizar como polea para alcanzar la meta de la Corona, de una Regencia, de la Presidencia del Gobierno o de la Tercera República.
Inconcebible pero cierto, es la política del absurdo que exige reinterpretar y reescribir la historia del Carlismo a base de juegos de palabras, de descontextualizar unos pocos sucesos que serán interpretados al margen de la lógica y del más elemental sentido común, es, en definitiva, el uso indiscriminado de la falacia, el descaro de presentar una interpretación del Carlismo basada solamente en la imaginación y el deseo de quienes han de encargarse de esta labor. A ello le llamarán “la clarificación ideológica del Carlismo” y el hecho de carecer de las más elementales fuentes primarias no impedirá a estos “historiadores” presentar al Carlismo, desde sus mismos orígenes hasta el día de la fecha, como un movimiento socialista, anarquizante, ajeno a todo sentimiento religioso, del que solamente sobrevivirán (porque claro, algún punto de apoyo hay que conservar para la nueva dialéctica) un cierto sentimiento monárquico que se moverá entre la Corona y el liderazgo, así como un foralismo nominal que poca relación guarda con el tradicionalista, deslizándose más bien hacía el federalismo pimargalliano o el Cantonalismo de 1873.

DON CARLOS HUGO NO ASUME LAS CLAVES DE LA LEGITIMIDAD
Conforme era previsible, entre el desasosiego y el retraimiento de una parte notable de la militancia, se produce una reacción del verdadero Carlismo, el tradicionalista, que tras un largo período de cinco años de enfrentamientos dialécticos y doctrinales, gestiones fallidas y desazón en los sentimientos, culmina en las cartas que un grupo de hombres bien conocidos en el seno de la Comunión dirigen a don Javier primero y a don Carlos Hugo después; las de abril de 1975 y de 23 de mayo y 10 de julio del mismo año; en las destinadas al Príncipe se le exigía, habida cuenta la abdicación de don Javier, que, antes de ser reconocido como nuevo Rey, jurase lealtad a los principios básicos de la Legitimidad española, resumidos en el Decreto de don Alfonso Carlos de 23 de enero de 1936, ratificados, bajo juramento, por don Javier ante el féretro del Rey extinto y, nuevamente, en Barcelona, el 30 de mayo de 1952, al aceptar, solemnemente, ante el Consejo Nacional de la Comunión Tradicionalista, la pesada carga de la Corona en el exilio. Tales principios, cual es bien sabido, eran los siguientes: confesionalidad católica, constitución orgánica de la sociedad  y de sus organismos representativos, federación regional, monarquía tradicional y tradición política española.
No se obtuvo respuesta alguna a ninguna de dichas comunicaciones, las cuales habían sido remitidas en forma fehaciente, obrando en poder de quienes las suscribieron los oportunos acuses de recibo. A partir de aquel momento tanto el Carlismo socialista autogestionario (que así lo denominaban sus promotores, que declaraban ver en la Yugoslavia comunista de Tito el modelo más próximo a lo que ellos propugnaban), como el Carlismo tradicionalista habían cruzado ya el Rubicón y todo intento de avenencia devenía imposible pues, como se manifestará en una nota hecha pública por la Comunión el día 30 de mayo de 1976, “Con los carlistas que permanecen fieles a las personas, aunque olviden que los principios son anteriores y preferentes podemos llegar a una comprensión. Lo que no cabe es que el nombre del carlismo pretenda cobijar doctrinas, actuaciones y finalidades contrarias a la Patria y a la Religión.”
Los posicionamientos del Partido Carlista se radicalizan cada vez más, sucediéndose, de continuo, los ejemplos; así en diciembre de 1975, en una hoja ciclostilada que edita para el País vasco, denominada Denok Batean (“¡Todos a una!”), don Carlos Hugo responde a una de las preguntas que se le formulan en la siguiente forma: “Usted ¿no es, también, pretendiente al Trono español? Ese ‘usted también’ no tiene ningún sentido. No se trata, para mí, de pretender, de restaurar, de heredar. Juan Carlos quiere suceder a Franco. Nosotros queremos hacer la revolución’”.

DON SIXTO RESCATA LA BANDERA DEL FANGO
Como era de esperar las posiciones contrapuestas se trasladan al seno de la propia Familia Real, requerido formalmente para acatar la nueva línea ideológica del Partido el Infante don Sixto responde, dignamente, en una carta fechada el 22 de septiembre de 1975, en la que manifiesta su lealtad a la Causa tradicionalista, al tiempo que habla de la abdicación forzada de don Javier, destacando los grandes sacrificios del mismo en pro del Carlismo y su inequívoca lealtad a la doctrina tradicionalista.
Por aquellos días don Javier es un venerable anciano al que los años, los padecimientos de toda una vida  y  las presiones a que se halla sometido por cuatro de sus seis hijos, han convertido en un mero espectador de cuanto ocurre a su alrededor. La aureola de prestigio, valor y abnegación que le rodea le conservan el amor  de los carlistas tradicionalistas que comprenden perfectamente la difícil situación en que se halla, políticamente secuestrado por sus cuatro vástagos “socialistas autogestionarios”. Don Sixto sabe que cuenta con el apoyo de su progenitor, silente pero indubitado, cual los hechos posteriores se encargarán de demostrar. Dª Magdalena, la Reina, sufre y calla, ya llegará el momento en que hablará elocuentemente para poner las cosas en su sitio.

ANTE EL MONTEJURRA DEL CHOQUE
Este es el “climax” con el que se llega al Montejurra 76. Unos días antes (2 de mayo) el Infante firma un manifiesto en Irache que El Pensamiento Navarro (único periódico que el Carlismo pudo salvar del expolio subsiguiente al malhadado “Decreto de Unificación”, en los días ya lejanos de la guerra civil) reproduce el día 8, víspera del acto previsto en el monte santo del Carlismo. El manifiesto, si bien no era el pactado inspirado por Raimundo de Miguel,  se expresa en la más pura ortodoxia: La confesionalidad católica. La constitución orgánica de la sociedad, la opinión pública no es título de poder, pero sí de representación, por ser indispensable a toda sociedad sana para la alta orientación de la política nacional. Defensa de los Fueros. Proclamación del principio monárquico. Vigencia política de la Tradición española, incompatible con el sufragio universal concebido como fuente de legitimidad política. Doctrina social de la Iglesia, “sin temor a la quiebra de determinados intereses cuya legitimidad moral resulta discutible.”
Del Montejurra 76 se ha escrito mucho y se ha hablado más, frecuentemente con desacierto y mala fe. Nosotros hoy nos limitaremos a constatar dos extremos: Cuáles fueron los grupos, ajenos al Carlismo, que estuvieron en cada lado, y lo que objetivamente puede manifestarse en relación con las dos muertes que, desgraciadamente, acaecieron allí.
Respecto al primer punto, y basándonos en las ruedas de prensa ofrecidas por el Partido Carlista, que alardearon de ello, junto a los autodenominados carlistas socialistas autogestionarios, hallamos los siguientes grupos y partidos: Partido Comunista de Euskadi; Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC); maoístas del PTE; socialistas del PSOE; del PSP; “Convergència Socialista”; Partido Comunista de España; la Federación Socialista del País Valenciano, La Federación de Partidos Socialistas; Movimiento Comunista; Partido Comunista Popular; Partido Socialista Popular de Euzkadi; Organización Revolucionaria de Trabajadores; Unión Sindical Obrera; Joven Guardia Roja; Partido del Trabajo de España, etc.
Junto a la Comunión Tradicionalista Carlista hallamos los siguientes: Unión Nacional Española (UNE); Fuerza Nueva; Guerrilleros de Cristo Rey; y algunos miembros conocidos del activismo neofascista internacional.
Es de observar que en tanto los “aliados” de los primeros guardaban una indudable congruencia con la “revolución” preconizada por Don Carlos Hugo y sus seguidores, los de los segundos guardaban muy poca con los postulados tradicionalistas de la Comunión. Este fue el primer error de quienes, en representación del Carlismo ortodoxo, organizaran su presencia en aquella desdichada jornada. Error de mayor enjundia si tenemos en cuenta que, mientras el Partido Carlista de don Carlos Hugo no tenía la menor posibilidad de afianzarse en el amplio abanico de la política española, la Comunión Tradicionalista sí tenía muchas  de reagrupar a su alrededor la masa carlista, en gran parte dispersa, y jugar un papel, modesto pero de positiva presencia, como partido parlamentario, tras una Transición, para nosotros desafortunada pero inevitable, que ya asomaba tras la esquina.
Como  hemos indicado no vamos a soslayar lo concerniente a las dos muertes que allí ocurrieron y que dejaron una profunda huella en el relato de aquella infortunada jornada, muertes que, independientemente de los objetivos e intenciones de los unos y los otros, tanto daño hicieron a la imagen del Carlismo y a su futuro como colectivo político, a corto y medio plazo.
En la nota de prensa hecha pública por la Comunión Tradicionalista (30 mayo 1976) leemos lo siguiente:
“Aunque el juicio sobre los muertos ha de ser siempre benévolo, si cabe decir que tampoco ellos eran carlistas. Aniano Jiménez Santos militaba en las filas de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) y sus principales preocupaciones eran obreristas. Ricardo García Pellejero (Cambio 16, 24/5) ‘un joven navarro que, según información recibida en esta revista, militaba en el Movimiento Comunista de España, de tendencia maoísta’. Y refiere Gaceta Ilustrada (23/5) que cuando la princesa Irene pidió a su madre permiso para colocar una boina sobre el féretro de su hijo ‘ella se negó diciendo: no es de mi gusto, porque no era carlista.’”
Con todo este fue el otro gran error de quienes organizaran, por parte de la Comunión, la presencia de la misma en el Montejurra 76, desoyendo el parecer de reconocidos representantes de sus mismos seguidores: plantar cara a los adversarios el mismo día y en el mismo sitio, introduciendo, junto al planteamiento político de ineludible choque de fuerzas, una faceta paramilitar en la que pudiesen hablar las armas. Y lo decimos pese a que, siempre según la nota de prensa facilitada por la Comunión Tradicionalista y reiteradamente aludida, entre los del Partido Carlista y sus aliados, hubiera también quien portara a la vista alguna pistola, ‘según se aprecia en una foto de la Gaceta del Norte del 11/5’; y aunque resultara imprevisible la conducta de los seguidores de un ‘socialismo autogestionario’ que, anteriormente, habían cometido, ya, actos violentos en los que se utilizaron armas y en los que algún disparo, intencionado o fortuito, se había producido.

MÁRTIRES DE OTRAS CAUSAS: TAMBIÉN REZAMOS POR ELLOS
Hoy, al igual que hace cuarenta años, la Comunión Tradicionalista respeta la memoria de ambos jóvenes, Aniano Jiménez y Ricardo García; cada 10 de Marzo encomienda sus almas al Señor, pues en el día dedicado a nuestros mártires no sólo rezamos por ellos sino también por aquellos que, en vida, fueran sus adversarios. De igual forma respetamos sus respectivas opciones políticas, aunque obviamente no sean las nuestras, y lamentamos de corazón un suceso que nunca debió producirse. Ahora bien, por respeto a nuestros mártires y por estar en contra de que se manipule la identidad de nadie, acusamos de falsarios a quienes pretendan presentar a Aniano y a Ricardo como mártires de la Tradición, porque lo serían de sus causas respectivas pero no, precisamente, de la Tradición.
Aquel fatídico 9 de mayo de 1976 la Comunión Tradicionalista resultó víctima de varios factores: de una parte de la política del absurdo seguida por el mal llamado Partido Carlista, fruto de un rencor que no supo reencauzar la circunstancia de una batalla perdida, de una derrota que estaba cantada de antemano y cuyas consecuencias no se habían sabido (o querido) prever; de otra parte de su propio candor al fiarlo todo, o casi todo, a los apoyos y las promesas de algunos de los que, presentándose como sus aliados, puede que fuesen los primeros interesados en desprestigiar y debilitar al Carlismo; finalmente de la interesada animadversión de muchos medios de comunicación social, la mayoría diríamos, que, arrimándose al carro de la segunda Restauración que apuntaba en lontananza, aprovecharon la ocasión para que el cambio, que se veía ya próximo, les pillara en el terreno de lo “políticamente correcto”.
Puede que, efectivamente, “los altos intereses del Estado,” como los adjetivó el historiador Jordi Canal (que poco tiene de carlista), deseosos de consolidar la nueva Monarquía de Juan Carlos I, quisieran aprovechar una ocasión que se les brindaba en bandeja de plata para intentar asestar el golpe de gracia al Carlismo, en especial al representado por la Comunión Tradicionalista, el único con ciertas posibilidades de futuro.

LA FAMILIA REAL ROTA
En los tiempos inmediatos posteriores los sucesos ocurridos en el seno de nuestra Familia Real fueron sumamente lamentables, la forma como se obtuvo de don Javier la firma de un documento favorable a la línea del Partido Carlista resultó innoble, originando en la conciencia de los verdaderos carlistas una profunda tristeza. Hasta el punto de que ello provocó la famosa nota dada a la prensa por Dª Magdalena, la Reina, en la que, entre otros extremos, se hacía constar:

“A última hora de la mañana, mi esposo pudo volver al hospital adonde llegó visiblemente afectado y trastornado por el hecho de haber sido obligado por su propio hijo Carlos a firmar un texto difundido en su nombre, y tan contrario a sus ideas.”
Don Javier fallecería 60 días después, el 7 de mayo de 1977. Todos sabemos que su verdadero testamento político lleva fecha 4 de marzo del mismo año, hallándose concebido en los términos propios del ideario católico, tradicionalista y legitimista que había profesado a lo largo de toda su vida. Concluía con las siguientes palabras: “Pido a Dios que el carlismo, sin desviación alguna, siga fiel a sí mismo para el mejor servicio a España y a la Cristiandad.”

En la calle, ante el féretro de su madre (1984).
El 1º de septiembre de 1984 moriría también su esposa, doña Magdalena. Su hijo Carlos Hugo y sus hermanas menores, por expresa prohibición de su madre, no pudieron acceder al domicilio familiar en el entierro y tuvieron que ver desfilar el féretro en la calle de la villa de Lignières. Testigo del evento fue un niño, ¿Don Carlos Javier?. La foto del evento fue la expresión gráfica de una ruptura familiar dramática a raíz del enfrentamiento político, que aún perdura.

Tras el óbito de don Carlos Hugo no hubiésemos deseado tener que volver sobre las páginas más tristes de la historia del Carlismo. Ha sido la noticia de una pública perseverancia en el error por parte de algunos sectores residuales de aquel “socialismo autogestionario”, que compromete además el futuro político y dinástico de don Carlos Javier, el primogénito de la Familia, lo que nos ha obligado a hacerlo. Las energías del carlismo han de centrarse en las resolución de los problemas actuales de la sociedad y en abrir caminos de futuro; no en agotarse en hurgar en heridas y miserias que, para bien y para mal, son sólo pasado y todo lo más historia.
Para concluir sólo una recomendación: sin carlosocialismo nunca hubiésemos hablado del Montejurra 76. Que nadie ignore la virtualidad del viejo adagio castellano: la causa de la causa es la causa del mal causado.


jueves, 5 de mayo de 2016

VIGILIA DE LA SANTA CRUZ EN EL CÍRCULO CARLISTA DE LLIRIA


 La cena de la vigilia de la Santa Cruz en el Círculo San Miguel de Liria ha tenido otra digna edición en 2016. Este año ha ocupado la tribuna del Círculo para hacer el Pregón de la Santa Cruz la periodista María Amparo Peris Pallardó, tan popular en las ondas de Radio Nacional de España en Valencia. Fue presentada por el secretario de la entidad, José Romero Moros y el socio José Miguel Orts. Su disertación partió de las hondas raíces prehistóricas de Liria y culminó en sabrosas descripciones de las romerías al monasterio de San Miguel. El presidente del Círculo, Rafael Perona, obsequió a la pregonera con un ramo de flores.


Al término, los asistentes de la ciudad edetana y de la capital, homenajearon a la Cruz floral de la fachada del Círculo con el canto de la Salve Regina y el Oriamendi.

domingo, 10 de abril de 2016

CERCA DE ANDALUCÍA: EL ALGARVE MIGUELISTA

Huelva tiene como excelente vecino al Algarve portugués, que fue memorable escenario de la resistencia tradicionalista.

Con razón y fuerza hemos de hablar en este contexto de José Joaquim de Sousa Reis, “o Remexido”, que resistió hasta las últimas consecuencias cual león lusitano, al igual que Tomás António da Guarda Cabreira, primer conde de Lagos y mariscal miguelista natural de Tavira.Capitán de ordenanzas, ejerciendo una concienzuda labor municipal, como la mayoría del pueblo portugués apoyó a Miguel I como rey legítimo tras su aclamación en Cortes. También conocido como “o homen da serra”, derrotó al famoso Sá da Bandeira en la batalla de Sant´Ana.

Cuando el duque de Terceira invadió el Algarve, o Remexido abandera la Contrarrevolución cual Viriato meridional. Acusado injustamente de varios crímenes cometidos en su nombre, nuestro héroe va a ir replegándose hacia el Alentejo. Será en estas zonas donde mantenga la enconada resistencia legitimista mientras que la usurpación de D. Pedro (traidor al pueblo luso desde Brasil) y su hija María Gloria venía de la mano de Inglaterra, la Francia de Luis Felipe, mercenarios belgas, y en el escenario económico, Mendizábal y los Rotschild; los mismos que atentaban contra el pueblo de Carlos V de España.
En 1834, tras dos años de feroz guerra,  se produce la Convención de Évora-Monte (Bajo Alentejo) hacía donde se había replegado D. Miguel en una organización de guerrillas que coparían las zonas señaladas para o Remexido, mientras muchos miguelistas acudían a España para auxiliar a los carlistas (Distinguiéndose por el verdor de sus boinas), donde creían más posibilidades de triunfo. Pero en Évora-Monte firmarán un acuerdo de rendición el comandante miguelista Avezedo e Lemos con los liberales del marqués de Saldanha y el duque de Terceira, siendo el ocaso de un Miguel I abatido y desconcertado.
Una de las cláusulas que se “concede” en Évora-Monte es la “amnistía por delitos políticos”.  Pero no estuvo para o Remexido. Se le quemó la casa, se azotó públicamente a su esposa por no querer revelar su paradero y se asesinó a su hijo de catorce años.
¿Nos suena de algo?
 Ante semejante crueldad, o Remexido hace caso omiso de la rendición, jamás entregándose y continuando la acción guerrillera. Siendo capturado, un sumarísimo Consejo de Guerra lo fusiló en Faro en agosto de 1838, a pesar de tener el perdón de la mismísima María Gloria. Similar destino padeció Cabreira, también fusilado en esta ciudad del Algarve.
Mas el odio no lo puede todo. Aún una calle en Loulé recuerda al Remexido, así como su tumba en São Bartolomeu de Messines evoca la flor lírico-bélica de aquellos que lucharon al grito de Deus, Pátria e Rei.

Antonio Moreno Ruiz 



miércoles, 16 de marzo de 2016

EL PERÚ Y EL CARLISMO

Antonio Moreno Ruiz.-

Comoquiera que el Perú, esto es, la Flor y Nata de las Indias, tiene una intervención tan importante como directa en la historia hispana, no podía ser ajeno, pues, al movimiento político más antiguo de España: El carlismo. Desde primera hora hubo hispanoamericanos en sus filas (no en vano el mismísimo Carlos V de España se dirigía a sus “vasallos de entrambos hemisferios”). Román Oyarzun, en su Historia del Carlismo cita en la Primera Guerra (1833-1839/40) al chileno Novoa y en la Tercera (1872-1876) al mexicano Herranz, el cual combatió codo con codo con el entonces infante D. Alfonso, que poco antes había luchado con los Zuavos Pontificios.


En la mismísima Guerra Civil Española (1936-39) también veremos a carlistas argentinos, amén de destacados personajes como el capitán Bustindui, que conjugaba en su sangre lo vascongado y lo mexicano.



En la Argentina y el Uruguay radicó un importante exilio carlista, y de hecho en la Argentina el carlismo como “colectividad política” ha tenido continuidad hasta nuestros días.



También es reseñable la presencia de carlistas combatiendo en Cuba y Filipinas en los últimos años del siglo XIX; así como ya bien desarrollado el siglo XX hubo interesantes contactos intelectuales para con el Brasil.



Con todo, el Perú tiene una presencia importante desde la Primera Guerra: Blas de Ostolaza, eclesiástico de robusto maderamen intelectual, defensor acérrimo de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, preceptor de la familia real española, protagonista en episodios decisivos de la historia de la Hispanidad como apasionado de la fidelidad realista desde que las tropas napoleónicas invadieron el suelo ibérico. Su tenaz amor por la legitimidad le costó primero la persecución y luego la propia vida, siendo fusilado por los revolucionarios liberales.



En la misma época nos encontramos con Leandro Castilla y Marquesado (nada más y nada menos que hermano de Ramón Castilla, a la sazón, futuro presidente de la república peruana, aunque fue soldado realista en su día). Caballero legitimista de Tarapacá, de los Andes al Maestrazgo sostuvo una lucha encarnizada por el trilema Dios, Patria y Rey. A las órdenes del bravo general Cabrera, fue el último gobernador de Morella, mítico reducto carlista que mantuvo la resistencia hasta después de la traición del general Maroto, que tras el Convenio de Vergara (aliñado de anteriores conspiraciones derrotistas) entregó la flor de los voluntarios vascos y castellanos en una falsa paz. Maroto había pertenecido al ejército realista en América y había peleado en la batalla de Ayacucho, donde la reputación y honorabilidad de ciertos militares peninsulares que supuestamente defendían esta causa quedó en entredicho, y de hecho, “ayacuchos” fue el nombre para denominar a determinada camarilla que tanto dolor infringió a la política española. Maroto, buen conocedor de la América del Sur y con esposa chilena, acabó exiliado en el continente… En 1846 pidió permiso al presidente Ramón Castilla para visitar amigos en Lima… El mariscal, que se encontraba veraneando en Chorrillos, se lo denegó por traidor, de lo cual se hizo eco Ricardo Palma, heraldo de las tradiciones peruanas.


Y prosigue el papel protagónico peruano: En la Tercera Guerra tenemos a Manuel María Fernández de Prada, III marqués de las Torres de Orán. Nacido en Granada, de carrera militar ameritada, al ser proclamada la I República Española en 1873 solicita la licencia absoluta y en 1874 se incorpora a las tropas de Carlos VII con el grado de coronel.



Hablando de Carlos VII de España hemos de hacer un inciso y subrayar cómo el monarca tuvo como preceptor al ilustre Monseñor Teodoro del Valle, correligionario y coetáneo del insigne Bartolomé Herrera. Asimismo, el rey,  en su dilatado exilio, recorrió buena parte de las Américas (La confederación con Hispanoamérica quedó como una de las premisas máximas en su testamento político), estando en Lima en 1877; dato que nos recuerda tanto en poesía como en prosa el peruano José Pancorvo QEPD (1), que cuenta en su haber literario con un poemario titulado Boinas rojas a Jerusalén.



Volviendo con Fernández de Prada, podemos decir que el marqués acompañaría a posteriori al monarca tradicional a su exilio en Francia y desde ahí partió al Perú en 1879. Tras un motín ocurrido en la Hacienda Laran, en Ica, que pertenecía a su familia, se recuperó y ayudó en la resistencia contra la invasión chilena durante la Guerra del Pacífico. Murió en 1893. Su hijo residió en España y se mantuvo fiel al tradicionalismo. Al estallar la Guerra Civil se encontraba en Madrid con sus hijos menores y fueron arrestados por su filiación carlista, siendo asesinados en agosto por los milicianos del Frente Popular.



Así, pues, valgan estas líneas como tributo histórico-sanguíneo a este concreto y valeroso papel de la peruanidad en una trayectoria transoceánica, en el calor de una bandera que es la expresión de un vibrante y sublime pasado en marcha.





jueves, 10 de marzo de 2016

BENICARLÓ: RECORDANDO LA FIESTA DE LOS MÁRTIRES DE LA TRADICIÓN DE 1914

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En esta semana en que recordamos a los Mártires de la Tradición nos llega este recorte del semanario "EL LITORAL" de fecha 8 de marzo de 1914, publicado en Benicarló (Castellón). A través de este anuncio se convocaba a todos los católicos de la entonces villa a una Misa por los Mártires de la Tradición y los muertos en Cuba, Filipinas y Marruecos.

La Santa Misa se celebraría en la Capilla del Convento de las Concepcionistas Franciscanas. Un convento fundado por el Beato D. Manuel Domingo y Sol, apóstol de las vocaciones religiosas y sacerdotales, en 1886.

A lo largo de su historia se ha hecho sentir el afecto del tradicionalismo local y comarcal por esta comunidad de vida contemplativa.

Justo cuando se cumplen 102 años de aquella convocatoria, el Convento y su Comunidad cierran sus puertas tras casi 130 años de andadura en Benicarló, para trasladarse al Convento Madre de Dios en Logroño.

Les deseamos la mayor de las venturas en esta nueva etapa y les encomendamos que recen por todos nosotros y por la salvación de España.

jueves, 4 de febrero de 2016

LA FILLA DEL CAPITÀ GROC

Fuente: LEVANTE-EMV


El periodista morellano Víctor Amela se alzó con la XXXVI edición del Premio Ramon Llull de las Letras Catalanas, dotado con 60.000 euros, con la historia romántica La filla del capità Groc, una reconstrucción épica del Groc, personaje real del Maestrat que defendía los ideales carlistas en el siglo XIX.

El jurado escogió esta obra de entre las 48 presentadas por su ritmo y la construcción de los personajes: «Te los hace vivir, sientes sus sentimientos y sus emociones, y esto en la escritura masculina no es fácil de encontrar», resaltaba un miembro del jurado. 

El autor explicaba que el Groc nació en el pueblo de donde desciende su familia paterna, Forcall, y del que oyó hablar por primera vez cuando era un niño, puesto que allí era visto como una suerte de Robin Hood. Amela abundaba que ha armado una novela romántica «por la época en la que sucede, por los personajes y por un protagonista que es un hombre humilde de pueblo que decide rebelarse contra el poder del momento, encarnado en la burguesía liberal, levantando la bandera carlista», y espera que ahora se convierta en un Braveheart local. La historia transcurre entre la primera guerra carlista y la segunda, una vez vencidas las tropas de Ramon Cabrera en 1840 y con el Groc regresando a su casa, «con la idea de recuperar su vida, a su esposa, a su hija primogénita». Las circunstancias, sin embargo, le empujarán «a volver a alzar la bandera de los valores tradicionales».

La obra es también un homenaje a una tierra y a un pueblo en los que ha pasado muchos veranos, Víctor Amela : «Se trata de una intensa, intensísima historia que no he tenido más remedio que acabar escribiendo, desde que tuve noción de los personajes cuando era pequeño y los veranos transcurrían en Forcall, en los Ports de Morella», precisó. La novela se publicará el 2 de marzo en catalán y castellano.

martes, 26 de enero de 2016

PRESENTACIÓN DE "ÁGUILAS EN TIERRA"

Presentación en el Museo del Carlismo (Estella-Lizarra) de la novela Águilas en tierra,
tercera entrega de la trilogía Lobos del Norte, de Ignacio Alli Turrillas.

El próximo viernes 29 de enero a las 18 h tendrá lugar en el Museo del Carlismo (Estella-Lizarra) la presentación de la novela Águilas en tierra, tercera entrega de la trilogía Lobos del Norte, escrita por Ignacio Alli Turrillas.

El acto contará con la participación del autor y de José María Ocáriz, que presentará el libro.